domingo, 4 de agosto de 2013

El cielo en tu mirada...

Lo conocí allá por el mes de agosto de un año cualesquiera.
No puedo recordar detalles porque dicen que cuando conoces al amor de tu vida el mundo se detiene, y sí, eso fue lo que pasó.
No recuerdo la hora, ni cómo iba vestido, no recuerdo siquiera si dijo su nombre.
Lo que sí recuerdo es que -sin poder controlarlo- todos mis deseos, fantasías, perversiones, todo mi amor se volcó hacia él.
Desde ese momento sólo le pensaba, fantaseaba con el día en que tomara mi mano, con el día en que mis labios -que ardían de deseo- recorrieran sus labios. Soñaba por lo menos con la aventura de una noche.
Era un amor pasional. Era una fantasía mía. Un inalcanzable. Un imposible.
Era tanto el maldito deseo que una mañana le vi a los ojos, ya no soportaba y, sin decir una palabra, lo entendió.
Me di cuenta de que sentía lo mismo, de que su maldito deseo era igual o mayor al mío.
Después éramos uno. Vivíamos el uno del otro y para el otro. Nos respirábamos. Él era todo lo que yo esperaba; yo era todo lo que él quería.
En algún atardecer, de esos que gozamos tanto, yo fui su cielo y él mi sol.
Alguna mañana al abrir los ojos ahí estaba, contemplándome y cuidando mi sueño.
En esos ojos hermosos -que jamás olvidaré- conocí el amor.
Esa mirada será la última que recuerde alguna noche de agosto dentro de mucho tiempo, espero, y cerraré los ojos... y jamás despertaré.

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